11 de febrero

Siempre me gustó mucho leer, estudiar, hacer preguntas. Desde la reconstrucción que puedo hacer hoy, veo a una niña curiosa y aventurera y entiendo que hubo un camino de posibilidades que me trajo hasta acá.

Crecer en una casa donde había libros disponibles. Crecer en una época del mundo donde no había tantas pantallas ni tanta inseguridad. Crecer en un barrio tranquilo, donde podíamos perdernos en el bosque por horas y nadie se preocupaba de nuestro paradero. Crecer yendo a la escuela pública, donde recibí educación de calidad y también mucho incentivo para seguir leyendo, seguir haciendo preguntas, seguir escribiendo.

Eso no significa que no hubo problemas en ese camino. En quinto grado una maestra me dijo que yo tenía buenas notas, pero que nadie me quería y por eso no merecía ser abanderada. En el segundo año de la carrera de antropología, una docente dijo (a mis espaldas) que a mi no me «daba la cabeza» para estudiar.

Tuve, también, buenas docentes. La maestra de matemática de primaria, Cristina, que me dijo cuando terminamos «rompé el secundario, Ana». Virginia, la profe de lengua de la secundaria, que me alentaba a escribir cuentos y decía que tenía un estilo parecido a Cortázar (yo quisiera, jaja). Luis, el profe de matemática de la facu, que me regaló un lápiz nuevo cuando aprobé la promoción porque el que tenía era tan chiquito que costaba agarrarlo (año 2002, imagínense). Andrea, la profe de la especialización que le hizo upa a mi bebé para que yo pudiera hacer el trabajo grupal durante la clase.

Tuve buenxs profesorxs, que me mostraron con pasión la antropología. También tuve algunxs que fueron terribles, y con sus acciones me ayudaron a pensar qué quería ser y qué cosas no quisiera ser jamás. Hubo personas que no confiaron en mis habilidades para escribir un trabajo académico y quien me evaluó con saña, sin hacer aportes a la investigación ni a mi proceso en ese ámbito. Y hubo quienes leyeron con amorosidad e hicieron recomendaciones valiosas para mejorar los trabajos.

Hubo, y hay, sobre todo; amigxs y compañerxs y familiares que me bancaron, que me alientan a que siga adelante, a que mis deseos sean posibles. Así pude terminar una carrera universitaria viviendo lejos de mi ciudad natal. Así pude llegar a tener una beca doctoral. Así pude ser madre (x2) y seguir investigando, formándome. Así puedo, cada día, confiar en que hay muchas maneras de llegar a los deseos, pero que todas incluyen de alguna forma lo colectivo.

Y tuve la suerte, o la decisión, de elegir caminos que me llevaron a conocer a muchas mujeres que hoy son referentes, que me impulsaron a conocerlas más, a estudiarlas, a escribir sobre ellas. Las mujeres y otras identidades no hegemónicas en la ciencia son para mí un espacio de deseo: de deseo de conocer más, de compartir, de enseñar y de seguir caminando por ese viaje sin líneas rectas y sin punto final.

Esta reflexión es bastante personal, pero lo personal es político.


El 11 de febrero – Día Internacional de las mujeres y las niñas en la ciencia

La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró este día en reconocimiento al papel clave que desempeñan las mujeres en la comunidad científica y la tecnología.

Podemos afirmar que las mujeres y las disidencias han conquistado espacios y posiciones a lo largo de los años. Pero sólo el paso del tiempo o el aumento de las proporciones femeninas/disidentes en la ciencia no son suficientes para alcanzar la equidad de géneros. Para producir transformaciones significativas hay que hacer cambios en muchas direcciones.

Este día incluye a las niñas porque se ha demostrado que aún hay fuertes estereotipos en torno a cómo se ve una persona que hace ciencia. Esta figura se asocia por lo general a varones blancos; rodeados de libros, probetas y microscopios; usando delantal blanco y anteojos. Estas imágenes se han detectado tanto en las niñeces como en personas adultas, generando lo que Valeria Edelsztein, Florencia Guastavino y Agostina Mileo definen como “creencias y percepciones distorsionadas, producto de una cultura androcéntrica que se perpetúa desde los comienzos de la historia”. Estos estereotipos no solo repercuten en todos los contextos sociales, sino que dejan también su impronta en el mundo familiar y educativo.

La ausencia de relatos y referencias femeninas en los primeros años formativos generan una visión androcéntrica y limitada respecto de las personas que se dedican a la ciencia. Por eso, considero que es fundamental que se sigan ampliando los espacios de diálogo, enseñanza y discusión en torno a estas temáticas, y que junto a las investigaciones se implementen políticas educativas y científico-tecnológicas que contemplen la desigualdad de condiciones entre los géneros; que amplíen los horizontes de lo que conocemos, aprendemos y recordamos.

Entre muchas iniciativas diferentes, con un grupo de colegas y amigas estamos generando contenidos y propuestas que pretenden caminar por ese horizonte más equitativo. Escribimos un libro y compartimos temáticas afines en nuestras redes sociales: Abriendo Diagonales UNLP.


Semillas de otros mundos posibles

“…debemos ser capaces de contar las historias de un mundo sin progreso.” (Dusan Kasic, 2024: 30)

La identidad, dice el antropólogo Fredrik Barth, es como un río. Muchos ríos, en la provincia de Buenos Aires, son marrones. Llevan consigo sedimentos, que no son otra cosa que memorias de aquello que ha pasado antes. Las identidades bonaerenses, como los ríos, son flujos de movimiento, son aguas que inundan y arrasan con las casas y las cosechas o aguas que bajan y dejan al descubierto las osamentas de seres extintos. Los cursos de los ríos han sido usados para trasladarse y también para desechar aquello que no se sabe dónde poner. Los ríos, como las identidades, son y han sido tan celebrados como olvidados, relucientes y turbios. A veces opacos, a veces transparentes. Pero son, insisto, memorias. Rastros de aquello que pasó, cauces de lo que acontece, señales de lo que vendrá. 

Este es un escrito donde se navega por uno de los tantos ríos que atraviesan la provincia de Buenos Aires. Es un río, quizás, caprichoso. Quizás, imaginario. Trazado con la voluntad de algunas preguntas del presente, pero también con un deseo de futuro. Es un río que se nutre de muchas voces, territorios, semillas. 

Nace de una vertiente que se pregunta por las semillas de hortalizas que crecen en la huerta de una escuela en Arturo Segui, pero también por aquellas personas que antes sembraron en el mismo territorio. Nace además de un interés por las mujeres en la historia agrícola y en la historia de la universidad. Un interés que pregunta por las identidades marginalizadas del presente. Empieza pequeño y va creciendo, mutando, produciendo nuevas preguntas. ¿Qué saberes han germinado en torno a las plantas en nuestro pasado y en nuestro presente? ¿Qué lugar ocupan las plantas como alimentos en la vida cotidiana? ¿Qué papel tiene la educación en la producción de esos lugares? ¿Qué espacios habitamos las mujeres y las disidencias en las genealogías que nos atraviesan como ríos? ¿Necesitamos nuevas palabras para nombrarnos, para contar nuestras historias, para imaginar nuestros futuros?

Las semillas de este recorrido darán lugar a plantas diversas. Todas forman parte de un cofre, de un tesoro múltiple guardado en la palma de la mano, listo para ser entregado al viento. O al río.


Así comienza este ensayo, que fue escrito para participar del concurso de ensayos Identidades Bonaerenses 2025. El mismo fue premiado con el primer lugar y si te interesa leerlo completo podés descargarlo en este enlace.

Lía Encalada recibe su diploma de Ingeniera Agrónoma, 1927.