Mujeres en la historia de la ciencia antropológica: Un enfoque situado

Estas palabras fueron escritas para participar del Conversatorio “Corriendo los límites de lo posible” Aportes transfeministas para la construcción de un sistema científico-tecnológico inclusivo y diverso.

El mismo se realizó en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo, UNLP, en septiembre del 2023, en el marco de las Jornadas de Jóvenes Investigadorxs y Extensionistas.

Darnos colectivamente un espacio para reflexionar sobre las intersecciones entre ciencia y género me parece valioso y necesario. Desde mi corta experiencia, siento que aún hay mucho para decir pero sobre todo para hacer, para avanzar en el camino hacia una ciencia inclusiva y diversa. Siento que año a año los pasos se van dando, y este conversatorio es una muestra de ello. Pienso, por ejemplo, en los aportes fundamentales que han hecho las políticas de género a la sociedad en general y a la universidad en particular. 

Pero siento también que hay pendientes y que ese avance se hace por sectores, en ciertas instituciones y espacios más que en otros. Con participación dispar de la comunidad universitaria y académica.

Pienso también en las discusiones que se han iniciado en el mundo y en nuestro país con las epistemologías feministas, que hace ya cuarenta años nos han demostrado que toda producción de conocimientos es subjetiva y está situada, territorial e históricamente. 

Para pensar estas cuestiones de forma situada, les voy a contar un poco de mi experiencia:

En mis últimos años de la carrera, cuando era estudiante, sentía que había perdido el rumbo hasta que empecé a cursar optativas de historia. Enseguida me atraparon y descubrí, quizás un poco tarde, que me hubiera gustado ser historiadora. Así llegué a la historia de la antropología y a la historia de la ciencia. Así también llegué al Archivo Histórico del Museo de La Plata, donde descubrí que la antropología y la historia juntas tienen mucho para ofrecer. 

En la investigación doctoral me adentré en el hermoso universo de los estudios de género, interesada por las mujeres que formaron parte de la historia de la antropología en la Argentina. Así encontré la potente combinación de antropología, historia y género. 

Para mi sorpresa, cuando empecé a indagar en los archivos, las mujeres que habían contribuido con la antropología eran muchas más de las que esperaba. ¿Por qué fue una sorpresa? Porque la mayoría de las historias de la disciplina no las nombraban. O eran mencionadas al pasar, sin mucho detalle o profundidad.

Gran parte de la literatura sobre mujeres en la historia de la ciencia se ha enfocado en los relatos excepcionales, en la segregación de tareas, en las mujeres “en las sombras”. Sin embargo, cuando comencé a analizar las experiencias de aquellas mujeres que se vincularon con las ciencias antropológicas, estas lecturas no resultaban suficientes y tuve que desarmar todo aquello que suponía. 

Las mujeres habían ocupado diferentes posiciones en el campo de las ciencias antropológicas y realizaban una amplia variedad de tareas. Eran aficionadas, coleccionistas, exploradoras, universitarias, docentes, técnicas y científicas. Las trayectorias y los casos que fui profundizando presentaban una gran diversidad de modos de ser y hacer. Ello permitió también mirar con nuevos ojos a las mujeres en la historia de la ciencia.

Si las médicas en Buenos Aires habían tenido que luchar para acceder a la universidad, en el Museo de La Plata las estudiantes tenían becas y pasantías y eran convocadas como colaboradoras y ayudantes en oficinas de investigación aplicada en instituciones estatales, como ayudantes de clases, o en tareas como dibujo, ordenamiento de colecciones, elaboración de fichas y registros, entre otras.

Si estaba mal visto que las mujeres vistieran pantalones o hicieran trabajo de campo, hubo quienes hicieron caso omiso y recorrieron el país y el continente. Viviendo del comercio de colecciones, como Wanda Hanke; o con la pensión de viudez, recorriendo las barrancas del Arroyo Leyes en busca de “cacharros” como Amelia Larguía. También me encontré con la historia de Delia Millán, quien trabajó junto a su esposo Enrique Palavecino. Ambos contribuyeron con la etnografía y la arqueología argentina y sudamericana, produciendo conocimientos de forma cooperativa y no en el modo -supuestamente- “típico” de los matrimonios, donde la esposa hacía de asistente o secretaria del marido. 

Estas mujeres tuvieron un amplio abanico de posibilidades y estrategias de participación en las ciencias antropológicas. Ello no opaca las limitaciones que enfrentaron para desarrollar una carrera académica similar a la de sus pares masculinos, especialmente en la primera mitad del siglo XX.

Estos casos son solo algunos. Aún queda mucho para indagar. Aquí es importante mencionar algunas cuestiones metodológicas. La reconstrucción de las prácticas de ciertas mujeres es compleja, ya que en muchos casos los acervos documentales contienen una presencia fragmentaria de las actividades y de la vida personal de las mujeres. En muchas ocasiones, el camino para recopilar información es oblicuo, a través de figuras allegadas, en general hombres: jefes o compañeros de trabajo en los museos y asociaciones, maridos y otros familiares. La vida personal, sus experiencias subjetivas, suelen ser difíciles de reconstruir. ¿Cómo se sentían estas mujeres? ¿Cómo percibían a la antropología? ¿Cuáles eran sus anhelos?

De este recorrido quiero destacar dos reflexiones. Por un lado, que la supuesta ausencia de las mujeres en la historia de la antropología responde más a cómo se ha escrito esa historia, a quiénes la escribieron y desde qué puntos de vista que a los sucesos mismos de la historia. Porque había muchas mujeres. Los sesgos están en cómo construimos nuestra historia. No solo en la investigación, sino también en la aulas, en los medios de comunicación, en la calle y dentro de las casas. Creo que debemos seguir hablando, y cada vez más, de aquellas que marcaron nuestro camino.

Por otro lado, me parece importante recordar las múltiples conexiones entre el pasado y el presente. Pienso por ejemplo, ¿cuántas mujeres que hoy se dedican a la antropología u otras ciencias, dan cuenta de su carrera desde un lugar subjetivo, personal? ¿De qué modos incorporamos en nuestros propios relatos todo lo que forma parte de nuestra experiencia pero no tiene lugar en un CV? Si tenemos hijes o personas bajo cuidado, si nos han dado tareas diferenciales por ser mujeres, si hemos recibido tratos diferentes siendo estudiantes, o si nos han tocado situaciones que nos diferencian, violentan, segregan, solo por ser mujeres. 

En lo personal, que siempre es político como ya dijo Kate Millet, la maternidad me atraviesa fuertemente en la vida cotidiana. Hace años que vengo luchando con ese monstruo amorfo, el sistema científico, que me muerde los talones peligrosamente. 

Está demostrado que las mujeres que son madres tienen períodos de menor productividad en los primeros años de vida de sus hijxs. Y tiene lógica: recién alrededor de los tres años dejan los pañales, pueden comunicarse con mayor fluidez y tener cierta autonomía. También se ha demostrado que esa productividad suele equilibrarse, en promedio, a los cinco años de maternar. El problema es que los ciclos de evaluación no son cada cinco años. Y el problema más grave es que la productividad se sigue midiendo cuantitativamente. Y el problema aún mayor es que maternar no se considera como un trabajo. ¿En qué parte de mi currículum podría poner que soy muy buena leyendo cuentos antes de dormir? ¿Dónde podría dejar asentado que en los últimos dos años casi no dormí de corrido? 

Me niego a creer que para dedicarme a la ciencia tenga que disponer la exclusividad de mi tiempo, sin poder nutrir mis otros deseos. 

Durante muchos años (y quizás ahora también) las mujeres debían posponer proyectos personales para ser “exitosas”. Yo creo que no deberíamos dejar que se sigan levantando esas banderas. 

Esto es solo una de los aspectos que podemos señalar sobre las intersecciones entre ciencia y género, que son muchas. 

Y si volvemos a la historia, también me surge la pregunta ¿Cuáles de esas mujeres tuvieron que cuidar a sus familias? ¿Cómo hacían para viajar, para ir a hacer trabajo de campo? ¿Hubo quienes se casaron y abandonaron su carrera? Las preguntas, por suerte, se multiplican.

También se multiplican los caminos, y puedo decir, volviendo a lo personal, que cada vez encuentro más personas dispuestas a construir otros modos de hacer y pensar la ciencia, la enseñanza y la extensión. Personas interesadas en el trabajo en red, colectivo, horizontal, sororo.

Poner en diálogo el pasado con el presente puede ser uno de los modos de repensar nuestras prácticas. Para revisar los relatos que se asientan como únicos y estallarlos en miles de relatos, donde sus protagonistas se multipliquen. Para observar prácticas que se han sostenido como patrones aparentemente naturales, pero que no lo son. Para saber que antes que nosotras hubo mujeres que fabricaron sus propios caminos. Y por eso, no solo contamos con un presente que nos convoca: también contamos con una historia que nos sostiene.

Para cerrar, quiero reafirmar la importancia de pensar la antropología o cualquier otra ciencia desde una perspectiva de género. Posicionarnos desde epistemologías críticas y feministas, nos permite sacudirnos el polvo de lo habitual. Nos recuerda que toda práctica, toda idea, todo relato está situado y se produce intersubjetivamente. Nos invita a hacer nuevas preguntas sobre cómo fuimos y cómo podemos construir lo que queremos ser.

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