Amelía Larguía y la arqueología en Santa Fe

Amelia nació en Santa Fe el 5 de enero de 1875. Su padre fue el ingeniero Jonás Larguía (1832-1891) y su madre Mauricia Mercedes Descalzo Gómez (1842-1876). Se casó en 1899 con Juan Carlos Crouzeilles, quien falleció en 1917. En 1931, a sus 60 años y con los hijos ya crecidos, Amelia Larguía comenzó a interesarse por los “misterios insondables” de la región, iniciando una importante colección arqueológica que llegó a contar con más de 4000 piezas, conformada especialmente por piezas de cerámica, aunque también por rocas y restos óseos humanos.

Cubierta por una capelina y al mando de su Ford T, esta mujer de la alta sociedad se dedicó a recorrer los arroyos cercanos en busca de yacimientos. Dialogaba con los pescadores y los lugareños en busca de los mejores lugares para excavar y realizaba allí multitud de excavaciones donde solía encontrar fragmentos de alfarería con impresiones y grabados, huesos humanos y objetos diversos que afloraban entre los sedimentos. 

La participación de aficionados/as y coleccionistas en la historia de la arqueología no solo es un hecho histórico indiscutible sino que representa un elemento crucial para entender algunos de sus debates. A partir del caso de Amelia Larguía y de las controversias o conflictos surgidos en torno a las cerámicas halladas en la región del Arroyo Leyes (Santa Fe) en las décadas de 1930 y 1940 es factible observar cómo coleccionistas y aficionados del interior del país formaron parte de las prácticas de la arqueología, y recolectaron materiales y propusieron interpretaciones sobre las mismas, para dialogar y discutir con los arqueólogos de los grandes museos de Buenos Aires y La Plata.

Larguía recolectaba materiales para su colección privada y —al igual que otros coleccionistas— los clasificó, los reconstruyó y estableció interpretaciones sobre su posible origen histórico. Para ello, Amelia recurrió a las recomendaciones de los científicos de los grandes museos y a otros coleccionistas de las provincias argentinas.

Los pocos relatos sobre la vida de Larguía enfatizan en su “excepcionalidad”: “Fue nuestra amiga una aficionada al estudio, con una rara y ejemplar vocación, nacida y cultivada a una edad en que ya generalmente otros se retiran a descansar” (Palabras de homenaje de Horacio Damianovich, Archivo Provincial de Santa Fe). Sin embargo, a diferencia de esos relatos elogiosos, Larguía realizó aportes concretos al desarrollo de la disciplina ya que sus prácticas, más que excepcionales, fueron parte de las formas habituales de producción de saberes arqueológicos, donde muchos sujetos y formas de observar, excavar, coleccionar y escribir estaban en diálogo y en circulación constante. Muchas mujeres formaron parte de estos circuitos de producción y sus historias deben ser valorizadas.

El portal UNLP investiga hizo una nota sobre el trabajo que publiqué sobre Amelia. Se puede leer completa acá.

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